Con el verano llega el buen tiempo, aumentan las horas y cercanía del Sol y, consecuentemente, las temperaturas suben. Pese a que el Sol tiene importantes beneficios para nuestro bienestar, como su contribución a la producción de vitamina D y de serotonina (esta última necesaria para mejorar nuestro estado de ánimo), la exposición continuada sin control y los momentos de temperaturas más altas son situaciones de riesgo que pueden dañarnos y que, afortunadamente, podemos prevenir.
Las personas más susceptibles de padecer un calor excesivo son los niños, las personas mayores, las personas obesas, personas enfermas (especialmente aquellas con enfermedades de corazón, enfermedades respiratorias o diabetes), personas bajo medicación (especialmente con medicamentos contra la depresión o la diuresis), los que trabajan en oficios muy pesados o expuestos al sol y los que realizan ejercicios físicos al aire libre en las horas de más calor.
El calor excesivo hace que nuestro cuerpo sude para disminuir la temperatura corporal, produciendo una pérdida de agua y minerales que puede provocar deshidratación. La deshidratación tiene consecuencias negativas en la circulación sanguínea y el estado mental.
Otros trastornos y perturbaciones que puede provocar el calor son golpes de calor, agotamiento por calor, síncope por calor, quemaduras solares, sarpullidos y calambres; Además, si se toma el sol sin protección, existe riesgo de aparición de cáncer de piel (melanoma).
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